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Historia
de la vida de la hermana Gwen
La
carga del Señor es la cosa más abrumadora y transformadora de vidas
que usted puede experimentar; y puede ser una experiencia para toda
la vida. Cuando la carga del Señor se levanta, es tiempo de ¡IR A
CASA!
Fui al
campo misionero siendo aún una mujer muy joven. Aterricé en Shangai
el 16 de diciembre de 1947. Acababa de cumplir veintitrés años.
Fui
con el llamado de Dios sobre mi vida y una carga del Señor por el
pueblo chino. Algunas veces la carga era mayor que otras veces. A
medida que transcurrieron los años y China cayó bajo el poder de los
comunistas, la puerta para servir allí se cerró, sin embargo serví
aún entre el pueblo chino en Taiwán y Hong Kong, siempre cumpliendo
el llamado de Dios. Nunca ni por un momento pensé en regresar de
aquel llamado que estaba sobre mi vida. Amaba a los chinos-ellos
eran mi gente- pertenecía a ellos y su necesidad era mi necesidad,
su dolor era mi dolor.
Con la
llegada de mis tres hijos (después de diez años de matrimonio) mi
vida estaba ahora ocupada con los asuntos familiares. Es difícil ser
la madre de tres varones juguetones y vivarachos y todavía mantener
tu visión misionera.
Entonces un día en 1963, después que había cumplido dieciséis años
de labor misionera, Dios me dio una nueva y poderosa unción. Cuando
vi lo que el poder de Dios podía hacer en las vidas de aquellos que
habían pagado el precio y recibido la unción, también comencé a
buscar a Dios día y noche en ayuno y oración para recibir una unción
fresca. Hice una nueva dedicación de mi vida a Dios con un entrega
de mi voluntad del cien por ciento, cualquiera fuera el costo y Dios
tomó en serio aquel voto que le hice.
Nacida para servir al
Señor
Por
supuesto que el servir al Señor fue siempre mi destino porque mis
padres después me dijeron que me habían dedicado al Señor desde que
estaba en el vientre de mi madre.
Mi
madre provenía de una familia devota de menonitas sinceros que
habían servido al Señor por muchas generaciones. Nuestros
antepasados habían pagado un precio terrible a causa de su
testimonio. En años pasados se les había expulsado de sus hermosas
casas en el valle Emmental de los Alpes Suizos y de terrenos para
cultivo ricos de Austria a casa de que se habían rehusado a negar la
firme creencia de la nueva fe en Cristo que habían encontrado, la
cual era salvación por gracia. A medida que las enseñanzas de Martín
Lutero comenzaron a esparcirse en las naciones europeas, éstas
cambiaron sus vidas. Muchos habían muertos como mártires, siendo
quemados en la hoguera o atravesados con espada. Hombres jóvenes
eran vendidos como galeotes y los padres ancianos eran abandonados
hasta morir en oscuros calabozos. Después que se les obligara a
dejar sus hogares, vivieron una vida errabunda por muchas décadas
hasta que finalmente Rusia les abrió la puerta y les dio la cosa que
deseaban más que nada: libertad de religión.
Sobrevivieron el primer invierno crudo en su nueva tierra natal
cavando agujeros en el suelo y viendo bajo la tierra. Sin embargo
lentamente comenzaron a recoger cosechas y a prosperar hasta que
finalmente se convirtieron en propietarios de sus propias casas.
Pueblos y aldeas de personas de habla alemana, todas ellas en la
búsqueda de libertad religiosa, llegaron a Rusia. Cuando todo estaba
marchando bien, el Señor visitó a su pueblo y les advirtió a través
de una profecía que una gran persecución estaba viniendo sobre
Rusia. Una persecución mayor que cualquier otra que hayan alguna vez
conocido en el pasado estaba viniendo y esta vez no habría
sobrevivientes. Dios les dijo que abandonaran Rusia y que se fueran
a una nueva tierra.
Debido
a esto es que nací en Canadá. Mi abuelo Peter Miller (padre de mi madre) vino a Canadá cuando era un hombre joven y estableció su
residencia. Yo crecí llendo a la iglesia menonita que él fundó.
Después de unos cuantos años de rebeldía, regresé al Señor, fue
llena del Espíritu Santo y partí hacia la escuela bíblica de las
Asambleas de Dios (Asambleas pentecostales de Canadá) en Notario.
Fue en esta escuela durante un gran avivamiento que Dios me llamó a
la China. Fue allí como una misionera que vive por fe.
Una unción fresca
renovó mi visión
Ahora
después de dieciséis años, Dios había renovado el gran llamamiento
en mi vida, sólo que esta vez no era sólo para China sino para todas
las naciones del mundo. Nunca en mis sueños más locos podría haber
esperado o imaginado todo lo que Dios tenía para mí. Yo simplemente
puse mi mano en la suya y comencé a seguirle paso a paso, día a día
y nación tras nación.
Con
esta unción nueva y maravillosa vino una gran carga por las almas y
una visión abrumadora por las naciones. Este llamado me llevó
primero de vuelta a Taiwán, luego a las Filipinas y después a
Indonesia.
En el verano cuando los niños tenían vacaciones, llevé a uno de
ellos conmigo. David, el mayor, tenía nueve años. David tocaba la
trompeta y me ayudaba en las reuniones. Siempre sabía como ganar a
la multitud. David pediría prestada la bicicleta de alguien,
conduciría hasta el mercado, tocaría su trompeta, repartiría
tratados y folletos acerca de la reunión, y le diría a la multitud
que se reunía a su alrededor que deberían ir y escuchar a su mamá
predicar. Tuvimos tiempos grandiosos juntos.
El
precio terrible
Sin
embargo después hubieron tiempos en los cuales los niños tenían que
quedarse para asistir a la escuela y yo tenía que viajar sola. Me
sentiría tan sola por ellos que era como si tuviera clavado un
cuchillo en mi corazón. Sólo Dios y yo sabemos las lágrimas, el
dolor, la soledad, la nostalgia, el precio que pagué para cumplir mi
voto a Dios!
Cuando comencé a poner excusas… y tratar de escapar al llamado de
Dios…casi perdí a mis hijos. Danny casi se ahogó en el mar del sur
de China. David se cruzó justo en frente de un auto que estaba
viniendo a toda velocidad y Tommy fue rescatado de un río que era
más una laguna llena de aguas servidas. Sabía que Dios me estaba
hablando claramente…diciéndome que si alguna vez ponía a mis hijos
primero que a él habría un precio que pagar…un precio que sería
mayor que el que estaba pagando. Así que nuevamente dije sí, y
afirmé mi rostro para ir a India.
India
mi gran amor
Mi
amada India se convirtió en mi gran amor. Siempre dije que: “China
era mi primer amor e India mi gran amor”. Doce veces serví a Dios en
aquella nación. No existen otras palabras para describir lo que
significa sentir el latido del corazón de Dios de amor por una
nación. Hubiera dado mi vida con alegría por el Señor en India…de
hecho, este era mi deseo; sin embargo no era la voluntad del Señor.
Uno de las alegrías más grandes de mi vida en el servicio a Dios fue
cuando me llamó a levantar una carpa y predicar en muchas partes del
norte de India.
Argentina, la matriz de las Siervas y Siervos del Tiempo Final
Sin
embargo India no era el final. Después vino el llamado a Argentina
donde nuevamente sentí el latido del corazón de Dios por los pueblos
de habla hispana de aquella gran tierra. Por toda Argentina vi
la poderosa mano de Dios obrando con señales durante la predicación
de su Palabra.
Fue
allí en Buenos Aires que una noche una cosa sucedió la cual
cambiaría muchas vidas. Acababa de ministrar en una gran iglesia de
las Asambleas de Dios. Dios había derramado de su Espíritu. Milagros
de sanidad habían tenido lugar. Las personas habían visto ángeles.
Dios había descendido para estar con nosotros.
Cuando
regresé a mi solitaria habitación de hotel aquella noche cansada y
exhausta, me recosté en mi cama. Busqué a Dios y le hice una
pregunta: “¿Dios, cómo es que puedes usarme? No soy nada. Cometo
errores. Estoy lejos de ser perfecta. Sin embargo he visto tu gloria
como una huella de fuego que me sigue a todas partes. ¿Cómo? ¿Por
qué?
Dios
me respondió! “Es porque estás dispuesta a hacer cualquier cosa que
te pida que hagas!”
“¿Eso
es todo Señor? Entonces tu podrías usar a cualquiera, cualquier
mujer, quien como yo, esté totalmente rendida a ti!”
“Si
hija mía, yo podría!” respondió Dios.
“Entonces Señor levanta diez mil mujeres como yo que paguen
cualquier precio, hagan cualquier sacrificio, y sean totalmente
obedientes a tu voluntad.” Este era el año 1966.
El
final del camino
Cuatro
años más tarde…después que ministré en muchas naciones por todo el
mundo…me encontré a mi misma en Chicago. Había llegado al final del
camino. Mis hijos estaban en Hong Kong. Mi matrimonio estaba
terminado. Mi corazón estaba roto. Estaba segura que nunca más
podría servir a Dios. ¡Sentía que nadie
aceptaría a una mujer cuyo matrimonio estaba roto en pedazos!
Hice
lo único que sabía hacer. Regresé de nuevo a la cruz. Por otros
veintiún días ayuné y esperé en el Señor… y él habló. Envió un
profeta para decirme que debía comenzar a convocar a las Siervas del
Tiempo Final. Dios dijo que había un ejército de mujeres allí
afuera, en segunda plana, de pie “sin hacer nada en el mundo de los
negocios a quienes nadie había contratado y que estaban esperando
escuchar el llamado para salir y servir al Señor en los campos de la
cosecha del mundo.
Nadie
conocía a esos campos de la cosecha mejor que yo. Ya había estado en
la mayoría de las principales naciones del mundo.
El
comienzo de un nuevo llamamiento
Comencé a dar el llamado y ellas comenzaron a compartir mi carga. El
Espíritu Santo preparó sus corazones de la misma manera que había
preparado el mío, a través del ayuno, la oración y el
quebrantamiento.
Quizás
se pregunte porqué está viva. Siente que no existe una razón
verdadera para vivir, y que nadie podría hacer su trabajo tan bien
como lo hace usted…o incluso mejor.
Le
suplico, por favor no desperdicie su vida…responda al llamado de
Dios sobre su vida el cual estuvo allí desde que se encontraba en el
vientre de su madre.
La
Palabra de Dios le dice: “Antes que te formase en el vientre te
conocí y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las
naciones.” (Jeremías 1:5).
Usted
dice: “No puedo hacerlo.”
Dios
dice: “No digas soy un niño; porque a todo lo que te envíe irás tú,
y dirás todo lo que te mande.” (Jeremías 1:7).
Usted
dice, “No soy talentosa. No tengo el don de la predicación.”
Dios dice: “He aquí he puesto mis palabras en tu boca.” (versículo
9)
Mirando hacia atrás
Pasaron muchos años desde que di mi corazón al Señor. Tenía
diecisiete años entonces. Tengo cerca de ochenta ahora. Si pudiera
vivir mi vida nuevamente, le daría todo a Dios de nuevo. Sin embargo
no puedo. No sé cuánto tiempo más me queda para servir a Dios.
Dios
me dio una fortaleza sobrenatural para cumplir un llamamiento
sobrenatural. Sin embargo, por más duro que trabaje y por más rápido
que corra, no puedo mantenerme al día con él. Al presente estuve en
más de cien naciones y todavía ellas me llaman para que vaya. Una
carta llegó ayer: “ Cuando regresarás a Argentina? Un llamado por
teléfono desde India hoy: Hermana por favor regrese. Una carta
grabada en un cassette de Taiwán una hermana llorando en voz
alta…puedo escucharle llamándome: Por favor regrese. La necesitamos.
Día
tras días están llamando, llamando, llamando. Este llamado a las
naciones está allí, sonando en mis oídos, ardiendo en mi corazón.
Quiero ir, sin embargo me estoy sintiendo cansada ahora. Me siento
tan triste porque no puedo predicar cuatro a cinco veces al día como
solía hacerlo en Indonesia.
Puedo entender el clamor del corazón de Moisés cuando dijo:
"No puedo yo solo soportar a todo este pueblo, que me es
pesado en demasía" (Números 11:14).
Sí esta carga se está volviendo demasiado pesada para mí. La carga
terrible de Camboya, Corea del norte, Zambia, Albania, Chile,
Islandia y de todas las naciones a donde no conté la antigua
historia de Jesús y de su amor, ¡además de las naciones a donde
deseo regresar de nuevo! Moisés lloró. ¡Yo lloro también! Entonces
escuché a Dios decirme lo que le había dicho a Moisés: " Y yo
descenderé y hablaré allí contigo, y tomaré del espíritu que está en
ti, y pondré en ellos; y llevarán contigo la carga del pueblo, y no
la llevarás tú solo." (Números 11:17).
¿Compartirá mi
carga?
Dios desea de manera soberana y sobrenatural
poner la misma carga sobre su vida que puso en la mía. ¿Está
dispuesto/ a aceptarla? ¿Está dispuesto/a a
compartir mi carga por las almas perdidas del mundo? No
será fácil. Le costará todo. La tribu de los levitas no tenía
herencia terrenal. El Señor era su herencia.
Usted necesita hacer la misma dedicación al Señor. Necesita
rendirse totalmente a la voluntad de
Dios. Sólo entonces podrá él usarle
en todas partes, en cualquier momento y de cualquier manera.
Se nos está acabando el tiempo.
¡No se demore!
Pídale al Señor de la cosecha que toque
tu vida. Pídale que haga que
su vida valga la pena. Recuerde
que es sólo cuando compartimos la carga
del Señor por los perdidos que podemos
venir al centro de su voluntad.
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